11 mayo 2006

¿Y ahora, qué?

Ya les he dicho que soy vícitma de mis propios despistes; aunque también les he contado de la extraordinaria capacidad que tengo para sortear todas las dificultades que me presentan mis propios despistes. Resulta que un compañero que también está por graduarse, me dijo que ya había entregado todo y que ya había pedido su toga. Toga. Toga. Toga. Toga. Toga. Esa palabra reverberó en mi cerebro. ¡Eureka! Claro, uno se gradúa con toga y birrete, en qué rayos estaba pensando. Corrí a la oficina de la secretaria del departamento, esperando que todavía estuviera a tiempo de pedir una toga para mi graduación. Pues para fortuna mía, estaba a tiempo, así que me dirigí a rentarla. Cincuenta y cinco fregados dólares es el costo de la transacción por usar el antes mencionado atuendo por 2 mugres horas. Pero bueno, sólo una vez se gradúa uno del posgrado en la vida, ¿no?

Cuando recibí la antes mencionada prenda tuve una epifanía. Bueno, no una epifanía, más bien "me cayó el veinte". En un lapso de menos de 5 segundos pasó por la pantalla cinematográfica de mi mente un recuento de los dos últimos años de mi vida: las desventuras, el masoquismo, el sufrimiento, las pestañas quemadas, las enfermedades, las develadas... Al final, dos años que prentenden resumirse en un mentado papel que responde al nombre de "diploma". Y ahora, nuevamente entrar, como si fuera con los ojos vendados, al siguiente capítulo de mi vida; vacío, que está por escribirse (porque hasta la fecha, todavía no soy creyente del destino, todavía no me convencen). Pero la sensación de entrar a lo desconocido, donde no sabes si estarás en la misma ciudad, en el mismo país, o en el mismo continente dentro de tres semanas, es una extraña sensación de incertidumbre y tensión.

Después de ese breve momento, tuve otra epifanía: ¿pero en qué rayos estoy pensando? Claro que tengo un destino: ¡salvar al mundo por las noches, y ser un dictador benevolente vitalicio de día!